Me duele la cabeza, es como
si tuviera tantas cosas en mente que no cupiesen todas juntas ahí arriba. Mis
mejillas están frías y húmedas por el rastro salado que han grabado mis
lágrimas.
Sin embargo, mi interior arde
como el fuego, incendiando mis sentimientos y propagándose deprisa: arrasando
todo a su paso con una ira y odio infinitos.
De repente tengo ganas de matar. Tengo ganas de apuñalar
la almohada y hacer trizas todos mis sueños. Necesito romper algo, o mejor...
romperlo todo para ver que no es mi alma lo único que está en pedazos.
Qué frágil me siento. La
impotencia es tan afilada que me impide moverme, ya que si lo hago me roza y
duele. Me duele dentro, donde cicatriza despacio, donde la hemorragia interna
pinta mi interior del rojo escarlata del sufrimiento.
Delirios, paranoias... vuelvo
a enloquecer. Todo me supera. Yo misma lucho contra mí y me dejo invadir por la
frustración. Estoy vacía, muerta.... No. Ojala estuviera muerta para no sentir
el sufrimiento que en ocasiones nos otorga la vida.
Por desgracia, esta vez no me
vale simular que me pego un tiro para que mueran todos esos pensamientos
suicidas. Qué irónico. Trágico a la par que cómico.
Me entran náuseas y quiero
vomitar. Necesito... el vómito se me atasca en la garganta y me ahoga. Corro al
baño y de mi boca empieza a salir sangre. Cuando cesa, me miro al espejo: tengo
los ojos rojos.
Tengo miedo....miedo de mí,
miedo de la vida. Abro el grifo y me limpio la cara. El agua fría me
tranquiliza, pero soy incapaz de dejar de llorar.
Y pienso en lo fácil que es
echarse atrás o esconderse cuando crees que todo se ha vuelto en tu contra, cuando
de verdad piensas que no estás a salvo en ningún sitio.
Y pienso en lo fácil que
sería ahora desaparecer, irme sin dejar rastro. Apenas notarían mi ausencia...
Me siento en el suelo de
espaldas a la pared rodeándome las piernas con los brazos. Y me duermo,
empapada en mi propio llanto.
